Mágica, autónoma, todopoderosa: la IA nutre nuestros sueños y nuestras pesadillas. Mientras las empresas tecnológicas auguran un futuro mejor, en el presente la inteligencia artificial causa ya graves daños. Los enormes centros de datos y parques de servidores necesarios para el funcionamiento de la IA cubren el paisaje y consumen ingentes cantidades de agua y electricidad, en su mayoría procedente de fuentes de energía fósiles y, por lo tanto, contaminantes.
Y millones de trabajadores mal remunerados en todo el mundo se dedican a alimentar con datos y a entrenar los algoritmos de los programas de IA, a menudo a costa de su salud mental y emocional. Porque, para que la IA entienda lo que hace, aún debe recibir de personas información y conocimientos sobre el mundo.
Y, al hacerlo, esos trabajadores, a menudo jóvenes y procedentes del Sur Global, son testigos de todas las crueldades de las que es capaz el ser humano. ¿Compartes la idea extendida entre programadores y empresarios tecnológicos de Silicon Valley que defiende que los objetivos positivos a largo plazo compensan los daños a corto plazo?
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